Algunas veces es muy fácil convencer a una zorra viciosa de participar en nuestros vídeos. A esta cachonda tía solo tuvimos que prometerle fama y dinero. Luego de pensar por unos segundos si valdría la pena, la muy viciosa, nos dijo que igual lo hacia por placer… así que chupó con su linda boquita la jugosa polla de este moreno que moría por llenársela de lefa.
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Viciosa tía mamando un rabo moreno
Doña amanda me desvirgó
Dña amanda me desvirgó
Yo creo en la buena vecindad. Los vecinos son personas que se relacionan por algo más que la simple proximidad de sus viviendas. Entre ellos puede haber un sentimiento de amistad y, principalmente, de apoyo ante los problemas que uno u otro puedan tener.
Un vecino apoya al otro, la mayor parte de las veces, en forma desinteresada y sin esperar nada a cambio. Sin embargo, esta es obligada cuando el primero lo necesita, haciendo realidad el conocido lema: hoy por ti, mañana por mí.
Una noche de abril, mi tío Álvaro llamó por teléfono a mi abuela y la invitó a pasar unas semanas con él y su familia, aprovechando la boda de Lucía, la hija mayor, quien se casaría con un joven mexicano. Mi abuela, instantáneamente, manifestó su deseo por asistir, pero luego, pensó en que no podía dejarme solo. Yo no podría ir por mis estudios, ya que los exámenes del semestre estaban por empezar, y ella no podía dejarme solo. Por ello, comenzó a decirle a mi tío que le agradecía la invitación, pero que no podría ir.
Yo la escuché, y le dije que fuera, que no se preocupara por mí, que yo ya no era un niño y que podría cuidarme solo.
- Una oportunidad como esa no debés de desaprovecharla -le dije-. Ve, que yo me puedo cuidar solo.
Ella se quedó dudosa y le dijo a mi tío que lo pensaría. En los días sucesivos yo me ocupé de convencerla de que no tenía razón para preocuparse por mí.
- Está bien -dijo finalmente-, iré si me prometés cuidarte y alimentarte bien. - ¡Lo prometo! -le respondí.
Tenía entonces 18 años y me había iniciado en el sexo con las clásicas masturbaciones de adolescente siempre pensando en mujeres mucho mayores que yo, porque en mis fantasías eróticas, no sé por qué, siempre aparecían mujeres maduras, con una característica común: algo rellenitas y de grandes senos. Sabía que tenía que ser muy cuidadoso, ya que mi abuela era muy estricta en estas cuestiones y no sabría comprender mis nacientes aficiones por el sexo. Siempre buscaba momentos de soledad (a la hora de dormir, en el baño, etc.) para dar rienda suelta a mis instintos sexuales.
Yo mismo me fabriqué, con una tela gruesa pero suave, una bolsita para meter en ella el pene y eyacular en el interior, a efecto de no dejar manchada la sábana de la cama, porque ya en una ocasión, mi abuela me había regañado por ensuciar las sábanas. Sin embargo, hasta los dieciocho años, no había tenido aún una relación sexual en forma.
En la tarde siguiente de que mi abuela se fue, me disponía a ver televisión, cuando sonó el timbre de la puerta.. Yo andaba por casa con pantaloneta y playera. Así vestido, me dirigí a abrir. Era doña Amanda, la señora que vivía en la vecindad, mujer de 58 años, morena con el pelo recogido, no era una belleza de cara, pero su bien hacer en el maquillaje la hacía resaltar mucho, algo gordita y con dos magnificas tetas.
- ¡Hola! Buenas tardes, sólo quería saber si no necesitabas algo, ahora que tu abuela se ha ido. - ¡Doña Amanda! -respondí sorprendido, ya que no la esperaba.
Ella me miraba con una sonrisa y yo, le respondí que le agradecía su interés, pero que me encontraba bien.
- ¿Almorzaste? -preguntó solícita. - Sí. No tenga pena. - Está bien. No vaciles en pedirme cualquier cosa que necesites. Pasaré después a ver cómo estás. - ¡Gracias! -fue lo único que atiné a decir.
Ella se agachó para recoger una bolsa del supermercado que tenía en el suelo y yo advertí por su escote los dos grandes senos que debía esconder aquella mujer bajo el vestido. Cerré la puerta y no lograba quitarme de la cabeza el escote de doña Amanda, por lo que planeé una masturbación memorable para esa noche, haciéndome toda clase de fantasías con ella.
Mi abuela Marta era muy estimada por los vecinos. Todos la saludaban con respeto y aprecio y la tenían por una gran señora. Ella los trataba con la misma cortesía y deferencia, salvo por el caso de doña Amanda, quien siempre saludaba muy amablemente a mi abuela y buscaba su conversación, pero no recibía lo mismo en reciprocidad ya que mi abuela no gustaba de su amistad.
Ella decía que doña Amanda no era una mujer decente. La realidad es que la famosa doña Amanda estaba casada con un señor que trabajaba como supervisor de una cuadrilla de construcción de caminos en Petén, por lo que venía a la capital a visitar a su esposa uno o dos días cada trimestre, dejándola sola la mayor parte del tiempo. Al parecer, doña Amanda había tenido dos hijos, uno de los cuales había muerto en su infancia y el otro se había marchado a vivir a Los Ángeles, California, donde trabajaba, había establecido su residencia y fincado su hogar.
Doña Amanda vivía sola y ello la había llevado a serle infiel a su esposo. Mi abuela decía que ella había tenido más de un amante, por lo que no gustaba de relacionarse con la mencionada mujer. Yo, por mi parte, desde que escuché a mi abuela decir que ella era una “traga hombres”, había comenzado a fijarme más en esa mujer, y a hacerla de vez en cuando, blanco de mis fantasías masturbatorias. Pero fue en el momento de que ella se agachó levemente, cuando llegó a llenar mi pensamiento. Como a las seis de la tarde, sonó el timbre. Era nuevamente doña Amanda.
-¡Hola! -saludó alegremente-. Vengo a ver si tenés cena para hoy. Estoy segura de que tú solo no te alimentarás bien. - Gracias -le respondí, entre agradado y extrañado-, pero mi abuela me dejó algo de dinero, así que había pensado ir por ahí a comer una hamburguesa. - Eso no es suficiente -dijo ella-. Lo que necesitás es una buena comida casera. Regreso en un momento.
Y dicho esto, se marchó de regreso a su casa. Como a las siete de la tarde, volvió a sonar el timbre. Pensando en que podía ser ella, me puse un poco nervioso cuando fui a abrir la puerta. Abrí, y me encontré frente a doña Amanda, que traía unos trastos sobre un azafate. Inmediatamente noté que se había cambiado de ropa y tenía puesta una blusa azul, aún más escotada que el vestido que le había visto anteriormente. Mis ojos se quedaron fijos en aquella parte de su anatomía y, después de un momento, dándome cuenta de mi torpeza, agregué mientras me apartaba de la entrada:
-¡Pero qué descortés soy! ¡Pase! Pase, por favor.
Doña Amanda entró a la casa y sin pedir permiso se dirigió hacia el comedor, dejó los trastos sobre la mesa y volviéndose a mi, me preguntó: - ¿Querés cenar ya? - Yo… en realidad creo que sería magnífico -respondí.
- Excelente -dijo ella con una sonrisa-. Entonces, comeremos ahora.
Me sentí un poco desconcertado, pero ella fue a la cocina y tomó unos platos, los que puso sobre la mesa. Seguidamente puso cubiertos y un par de vasos. Luego tomó asiento y destapó los trastos que había traído, conteniendo un espagueti a la boloñesa y una ensalada que se veía bastante apetitosa.
Durante la cena conversamos sobre asuntos de poca trascendencia: El clima, mi abuela, su viaje, mis estudios, etc. Sin embargo, ella fue haciendo que la charla se tornara más y más íntima. Salpicaba la plática con preguntas que denotaban el deseo de conocer más sobre mis aspectos personales. Me miró fijamente a los ojos y yo le devolví una sonrisa, sin saber qué hacer o decir. No pude sostener su mirada y bajé la vista, deteniéndome en sus senos. No pude evitar pensar en lo buena que estaba y en lo mucho que un inexperto como yo podría aprender de esta hermosa mujer.
- ¿Tenés novia? -me preguntó. - No -le respondí un poco avergonzado. - ¿Has estado con alguna mujer? -preguntó con una expresión de lascivia en su mirada. - No -respondí con voz casi inaudible. - O sea, que ¡sos virgen! -exclamó con un gesto jocoso.
Creo que los colores se me subieron a la cara. Para ese momento tenía una erección que me estallaba a través del pantalón que llevaba puesto.
- ¿Por qué te ruborizas? -preguntó. Lo único es que creí que un chico tan guapo como tú y en estos tiempos, pues…
Bajé la vista. Sentía su mirada clavada en mí, cuando preguntó con suavidad:
- ¿Qué clase de mujeres te gustan?
Pensándolo ahora, no sé cómo me atreví a responderle como lo hice. Quizás fue por la confianza que me estaba inspirando o por el deseo que estaba sintiendo, pero pude contestarle:
- Las mujeres como usted.
Ella comenzó a reírse a pierna suelta y me dijo:
- ¿Cómo yo? ¿Pero, estás loco? Yo soy una vieja y tú lo que necesitas es una chica de tu edad. - No, se lo juro, me gustan las mujeres maduras. Como usted…
En ese momento ella me miró fijamente unos instantes. Luego se puso de pie y me pidió permiso para usar el baño. Yo me quedé sentado a la mesa, pensando en lo que estaba pasando, sin saber si había hecho bien o mal en hablarle de aquella forma. Unos minutos después, escuché la voz de doña Amanda, que me llamaba. Me acerqué al baño, pero ella no estaba allí. Sin embargo, estaba abierta la puerta que comunicaba con la alcoba de mi abuela, por lo que me acerqué al umbral, y allí la vi.
Estaba acostada en la cama de mi abuela, se había quitado la blusa y la falda, teniendo sólo medias, bloomer y brassier. Ante aquel espectáculo, no pude menos que experimentar una nueva erección que templaba ya la tela de mis pantalones.
- ¡Acércate! -ordenó ella en un susurro, en tanto que yo la miraba como embobado. Ella sonrió un momento y luego preguntó: - ¿No vas a quitarte esa ropa?
Aquellas palabras parecieron despertarme y rápidamente comencé a desabrocharme los pantalones. Doña Amanda sonrió complacida al ver mi prisa. Se sentía deseada y eso le satisfacía. Mi pene cabeceaba de deseo y tuve que quitarme con rapidez el calzoncillo para darle libertad al enfurecido príapo.
-Vaya, hijo. Parece que tenés un muy buen instrumento -dijo al apreciar mis 23 centímetros.
Mi nerviosismo seguía creciendo por segundos. Cuánto más cerca estaba de mi sueño, más nervioso me encontraba.
- ¡Vení! -ordenó ella con voz suave.
Mientras me acercaba, vi como ella se quitaba el brassier, dejando al descubierto sus enormes tetas, grandes, macizas, surcadas por ligeras venitas azules, coronadas por grandes pezones casi negros, rodeados de enormes aureolas obscuras. Creí que me corría de felicidad.
- Creo que podré enseñarte una o dos cositas, dijo al tiempo que alargaba su mano y me agarraba la verga y los huevos con delicadeza.
Nunca había imaginado que aquello pudiera ser tan excepcional. Me sentí como en el paraíso y atreviéndome, llevé mi mano hasta sus tetas. Allí estaba yo tocando aquellos dos melones con enormes pezones. Doña Amanda seguía tocándome, aunque ahora con más ritmo. Creo que en un minuto estaba ya para correrme. Ella se dio cuenta y lo dejó. Se puso de pie y se bajó las bragas.
Abrió las piernas, a manera de invitación, dejándome ver el vello que cubría el triángulo donde se unían sus piernas y, más abajo, la profundidad de su vagina. El deseo me encabritaba el pene más y más.
- ¡Qué grande lo tenés! -susurró con voz sensual. - Usted me pone así -respondí.
Me subí a la cama, nos abrazamos y comenzamos a acariciarnos. Aunque nunca había tenido una aventura sexual, mis manos recorrieron ávidas el cuerpo de la mujer. Me apoderé de ambos senos, los amasé y acaricié largamente. Los senos siempre me habían llamado enormemente la atención. Me tendí sobre ella y nuestros vientres se aplastaron uno contra el otro, en tanto que yo le devoraba un pezón y su aureola y le chupaba con pasión esa enorme teta.
Ella me correspondía con besos por el cuello y en las orejas. Yo en cambio solo quería besar y coger sus grandes tetas. Acostados en la cama, seguimos con los juegos de besos y caricias. No hablábamos ninguno de los dos. En una de las vueltas que dimos el uno sobre el otro, advertí con mi rodilla, que su coño estaba totalmente mojado. Entonces, por primera vez, deslicé mi mano hacia su entrepierna y le toqué su cueva oscura y peluda. Ella dio el primer respingo de la tarde. Ella seguía mordiéndome el cuello y ahora sí me susurró al oído que le metiera un dedo dentro. A lo que yo accedí automáticamente.
Empecé un mete y saca rítmico que hacía que se estremeciera en la cama. Agarró mi verga y, al mismo ritmo que yo le introducía ya dos dedos, ella empezó a masturbarme. A los dos minutos, entre jadeos y suspiros, tuve mi primera corrida. Mi semen manchó la colcha de mi abuela. Ella me dijo que no importaba, que lo lavaría después, que lo importante era que siguiera frotándola con mis dedos.
En cierta forma, me sentí decepcionado. Yo esperaba algo más que ser solamente masturbado. Sin embargo, ella no dejó de masturbarme y a pesar de mi eyaculación, mi verga en pocos momentos volvió a estar erecta como un mástil.
Tras un rato de aquellas caricias, ella sintió la venida de su primer orgasmo. Cerró las piernas y mi mano quedó engullida de tal manera que no podía moverme. Tuvo varias convulsiones y después de un largo gemido, quedó abatida en la cama. Me acerqué y comencé a besarla de nuevo. Mi boca se posaba sobre la suya, que se abrió, permitiéndome meter la lengua. Ella me correspondió, metiéndome la lengua hasta la garganta.
Pasados unos minutos me tumbó de espaldas y me dijo que ahora le tocaba a ella. Que me enseñaría lo que era un verdadero acto sexual, ya que mi primera corrida había sido más de ansia que de gozo. Y era verdad. Se puso de rodillas y suavemente me agarró el pene y comenzó a frotarlo cuan largo era.
Asiendo mi pija con una mano, me acarició los testículos con la otra. Comencé a decir algo, pero en ese instante ella aprisionó mi polla con los labios y con gran facilidad se tragó mi verga hasta los huevos. Yo di un respingo que por poco me caigo de la cama y las palabras quedaron en el olvido.
Empezó a chuparme desde la punta de la polla hasta la raja del culo. Me sentí desfallecer de placer, y le sujeté la cabeza en aquella posición, mientras con la otra mano le acariciaba la espalda y las nalgas. La mujer me lamía el pene y lo mamaba con avidez, mientras toda la poderosa erección entraba y salía de su boca con un ritmo delicioso. ¡Qué gusto más grande!
Trataba yo de prolongar el goce, pero comprendí que no iba a poder contenerme por mucho rato más. Doña Amanda continuaba mamando golosamente, con sus labios aferrados a mi verga, resbalando de tal modo que la cabeza del instrumento casi le salía de la boca y luego empujaba hacia adelante, perdiéndose el pene entre el túnel de su garganta. Yo la detuve y saqué suavemente mi virilidad enfurecida de su boca, a punto de eyacular, tratando de serenarme para no terminar tan rápido.
Ella comprendió el motivo y, sabiamente, me asió el pene, presionando con fuerza en la base del instrumento, donde se une con los huevos, y logró detener mi derrame, que hubiera sido decepcionante para ambos.
Tras unos minutos de pausa, se montó sobre mí como se monta un caballo y con gran facilidad se empaló en mí. Estaba totalmente mojada y lubricada y en cada vaivén de entrada y salida, su cara se estremecía de placer. Estaba gozando tanto como yo. Se levantaba y se echaba sobre mí. Cada vez que se echaba y notaba sus tetas sobre mi pecho el placer se multiplicaba. No quería que aquello se acabara nunca. Hubiera deseado prolongar aquel placer, pero nada dura para siempre.
Eyaculé otra vez, pero ahora fue dentro de ella. Aquello fue el placer más grande sentido en mi corta vida. Ella también me dijo que había tenido un par de orgasmos durante la penetración. Yo estaba de nuevo como una estaca. Mi polla con un brillo especial pedía más guerra. Doña Amanda se echó de espaldas sobre la cama y me dijo que fuera yo quién ahora mandara la situación. Se abrió de piernas y pude observar su raja abierta todavía goteando de mi última corrida.
- ¡Vení! -pidió ella.
Sin embargo, esta vez no obedecí. Viendo las piernas abiertas de doña Amanda y observando el apetitoso espectáculo de su vulva y aquellos carnosos labios, la agarré por las caderas, para atraerla y sepultar mi cara en el punto donde se juntaban los muslos. Mamé y lamí con una mezcla de ternura y pasión, sintiendo por primera vez en mi vida, el sabor de mi propio semen, y no me pareció feo. Logré excitar el clítoris al máximo, haciéndola prorrumpir en gritos de delirio, al tiempo que la taladraba con mi lengua caliente y húmeda.
Doña Amanda se remeneaba al sentir aquellas caricias. El calor que la poseía se hacía más y más fuerte. Ella brincó en la cama y se retorció como una serpiente. Seguí lamiéndola furiosamente por todas partes, haciendo presión en los repliegues más íntimos de su cavidad, hasta que quedó limpia.
Pero no me detuve y continué chupando y lamiendo con avidez, haciéndola temblar y sacudirse como una hoja al viento. Entonces, en forma jadeante, con voz trémula, ella suplicó:
- ¡Metémela! ¡Por favor, metémela!
Gateé sobre ella y mi verga se puso de punta, frente a la entrada de la vagina. Me abrazó y con una mano dirigió mi pene hacia su vagina y lo puso en la entrada, tocando los grandes labios. Me dijo que empujara y así lo hice. De nuevo mi pene entró hasta el fondo sin ningún problema y me abrí paso en el túnel del amor. Para ambos, aquella introducción fue una fuente indescriptible de placer.
Ahora era yo el que empujaba hacia fuera y hacia dentro. Ella agarrando mis caderas en ocasiones, y otras apretándome el culo guiaba mi ritmo. De pronto, sentí su dedo juguetón insinuándose por la abertura de mi ano. Estaba demasiado excitado para protestar, cuando ella me introdujo el dedo medio en el culo. Pese a un pequeño dolor, la sensación fue inenarrable.
Estaba en el paraíso. No necesitaba de su ayuda para marcar un ritmo. En esta ocasión nos corrimos los dos a la vez. Después de estar un ratito abrazados me besó y nuevamente me metió la lengua hasta la garganta. Yo le correspondí y así estuvimos otro rato, hasta que la verga se me paró otra vez.
- ¡Vaya, muchacho! -me dijo al ver mi nueva erección-, tú sí que pareces una máquina de sexo. ¿Dónde habías estado metido todo este tiempo?
Nos acariciamos nuevamente con furia, buscando excitar nuestros cuerpos al máximo. Doña Amanda tenía la respiración entrecortada y la vista nublada por el deseo. Sin dificultad, le metí toda mi verga, llegando hasta el tope. Por unos instantes quedé quieto, mientras doña Amanda acentuaba sus movimientos. Por fin, el ritmo de ambos se acompasó. Por momentos yo retiraba mi pene casi hasta la punta de la cabeza y entonces doña Amanda levantaba las caderas buscándolo. En ese instante, yo acometía con fuerza, hasta tropezar con el fondo de la vagina.
Un grito de gozo y sensualidad salió de ella. Esto me excitaba aún más, y me sentía muy satisfecho de estar haciendo gozar genuinamente a la mujer. Nuestros cuerpos electrizados temblaban y los gemidos se mezclaban con palabras de amor. Las contracciones de la vagina se transmitían a mi miembro y ella sentía los golpes de mi pene en lo más profundo de su ser.
- ¡Ahh! ¡Ahh! -gritaba ella moviendo la cabeza a uno y otro lado, frenética, mientras que yo, a golpes de barra, la hacía temblar y bramar.
Fui bombeando con mayor dedicación, como si fuera un émbolo mecánico. A estas alturas, después de tres orgasmos, ya no tenía la fuerza de la primera vez, pero esto me hacía aguantar más, tratando de darle con todo y manteniendo el control, a la vez que la trastornaba de pasión. Acometía de manera brutal, sacudiéndole los senos sin piedad. Seguí ciego en mi ardiente tarea, buscando para ambos un paroxismo que calmara nuestras ansias de placer.
Doña Amanda reía y lloraba a medida que se iba acercando a su clímax total, el cual explotó momentos después en el interior de sus entrañas, permitiéndole alcanzar el nuevo y tan deseado orgasmo. Por largos segundos se agitó como un animal herido. Los músculos de la vagina pulsaban vigorosamente, apretando y prácticamente ordeñando mi pene, haciéndome llegar a la cúspide de una manera rápida y prodigiosa. En sucesión vertiginosa sacaba mi verga, casi hasta desconectarme, para luego meterla violenta y bestialmente en forma total. De pronto, gemí profundamente, clavé mi estaca hasta el fondo y un torrente de esperma se derramó en las profundidades del caliente túnel. Mis espasmos eran fuertes y me sacudieron hasta que terminó la eyaculación.
Dña Amanda no se contuvo. Gritó cuanto quiso, estremeciéndose con fuerza. Yo me desmadejé encima de ella y permanecimos así, abrazados, jadeando, durante largo rato. Finalmente, giré y quedamos acostados uno al lado del otro, recuperando el aliento. Nos abrazamos estrechamente, uniendo nuestros cuerpos, respirando agitadamente, recreándonos en el placer experimentado.
Permanecimos otro rato juntos, gozando nuestra fatiga y luego abrazados, nos quedamos dormidos.
Al despertar, noté que ya había amanecido. Busqué a mi compañera, pero el lecho estaba vacío de su lado. Me levanté y aún desnudo, fui a buscarla por la casa, pero ella no estaba. Resignándome, fui al baño y tomé una ducha. Mientras desayunaba, dejé divagar mi mente sobre los acontecimientos de la noche anterior y de sólo pensar en ello, el pene me dio un respingo.
- ¡Caramba! -exclamé para mí-. No sé bien cómo sucedió todo.
Pasé la noche con la vecina y, peor aún, al pensar en ella, estoy deseando cogérmela otra vez.
La mujer del albañil
Cuando mi hermana se casó, pude al fin respirar tranquilo, pues no es fácil que entrando a la adolescencia tengas que soportar los comentarios lujuriosos que sobre ella vertían tus “amigos”.
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Sandra Romain enculada por una enorme polla
Sandra Romain es una de esas nenas que apenas las veas comezaras a pensar lo interesante que seria llenarle el coñito… y el culito. Su cara perfecta, exuberante cuerpo y su enorme y redondo culito vuelven loco a cualquier tío que la vea. Mira como chupa una enorme polla y es penetrada por el culo!
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Soy la eterna recornuda
Soy la eterna recornuda
Lo que voy a relatar ocurrió hace unos años atrás y continúa hasta la actualidad.
Virginia es una amiga mía muy hermosa, de piel negra y cuerpo escultural, una morena infernal, en ese entonces ella estaba estudiando y estaba de novia con el que hoy es su marido que trabajaba para ayudarle a costear sus estudios, cuando mi marido conoció esa monumental morena se volvió loco por poseerla.
Una señora seria y respetable
Una señora seria y respetable
Esta historia me ocurrió hace ya muchos, muchos años y es absolutamente verídica. Creo que me marcó para siempre e hizo que desarrollara una atracción especial por las mujeres maduras.
Por ese tiempo yo tenía poco más de 18 años y prácticamente ninguna experiencia sexual. Era el mes de diciembre y tuve que hacer un viaje en tren especialmente largo. La travesía duraba 3 días y dos noches para recorrer algo más de 1800 kilómetros.
Los vagones tenían una doble fila de asientos, para dos personas cada uno y puestos de manera tal que los pasajeros quedaban enfrentados. En el extremo de cada fila había un asiento un poco más angosto donde cabía una sola persona.
Cuando inicié mi viaje escogí justamente ese asiento que era más cómodo. Al frente mío se sentó una señora seria y respetable, bien vestida, llenita de carnes sin ser gorda, canosita, de unos 55 años. Ella colocó un maletín y una manta en el puesto de al lado, de modo que en ese espacio solo estábamos los dos. En general en el vagón no iba mucha gente.
El primer día y la primera noche de viaje trascurrieron en medio de un gran fastidio. Apenas cruzamos algunas pocas palabras de simple cortesía. En la tarde del segundo día la señora de pronto comentó:
- Estos viajes me hacen muy mal - ¿Por qué? - Mire como se me hinchan las piernas
Diciendo esto estiró un poco una de sus blancas piernas.
- No se ven tan hinchadas - Pero las tengo muy duras. Tóquela para que vea.
Tímidamente toqué suavemente su pierna y la sentí suave y tibia. En ese momento sentí como una corriente que me sacudió hasta el pene. Ella se mantenía totalmente seria. El tiempo siguió pasando. Horas más tarde me atreví a preguntar:
- ¿Cómo se siente de las piernas? - Igual joven, y creo que aún están más hinchadas. Nuevamente toqué por un instante sus pantorrillas entre excitado y aterrado.
Por fin llegó la noche. Como a las 10 las luces del vagón se atenuaron quedando el ambiente en una suave penumbra. El tren entró en una zona desértica. Todos los pasajeros dormitaban y yo traté de acomodarme para dormir un poco. De pronto ella me dijo:
- Usted está muy incómodo ¿Por qué no se recuesta sobre mi falda para que duerma un poco?
Lógicamente que acepté su invitación. Puse mis manos sobre sus muslos y apoyé la cabeza encima haciendo como que dormía, pero estaba preso de una terrible excitación. Después de un rato, suponiendo que ella dormía, me atreví a bajar una mano y tocar suavemente sus pantorrillas. El corazón me latía de prisa. En mi bendita inocencia temía que la señora se despertara furiosa y me insultara.
Durante largos minutos estuve acariciando sus piernas y tratando de subir, pero sus rodillas estaban fuertemente unidas. Por fin se produjo una leve separación y, con un poco de esfuerzo pude acariciar sus rodillas por dentro. Mi mano inquieta fue subiendo por sus tibios muslos que de pronto la apretaron. Luego sus muslos se abrieron y se volvieron a apretar hasta volverse un movimiento rítmico.
Por fin caí en cuenta que ella estaba despierta y que no le molestaba lo que hacía. Lentamente seguí subiendo hasta tocar sus calzones los cuales estaban tibios y húmedos. Con torpeza agarré su sexo y le di algunos apretones. Ella se movió y me vi obligado a sacar la mano. Nos miramos y ella sonriendo dulcemente me dijo:
- Eres un loquito - ¿Por qué? - Porque le haces esto a una vieja. Búscate una muchachita de tu edad y le haces lo mismo.
- Por favor perdóneme, no pensaba molestarla - Y no me molestas tontito. Eso que me haces está muy rico. Espérame un momento.
Se dirigió al baño y al regreso me pidió que me recostara nuevamente. Al meter la mano descubrí que se había sacado los calzones y que podía tomar libremente toda su chucha peluda y mojada. Con susurros cariñosos me fue guiando:
- Así mijito. Tómame fuerte. ¡Ay que rico! Sigue… sigue - Méteme un dedo… Ah… Méteme dos - Mételos y sácalos. Hazme gozar… Ay esto es la gloria - Aquí arriba busca una pepita. Si ahí es. Sóbala suavecito - Mi niñito rico me vas hacer acabar
Mientras tanto, mi pene ya reventaba y me dolía dentro del pantalón. Así es que le pedí la manta para taparme y lo liberé. Tomé su mano y la atraje hacia él. Lo tomó suavemente, pero con firmeza y empezó a darle un masaje
- ¡Que rico lo tienes y que duro está! - ¡Como quisiera tenerlo adentro! ¡Mi niño lindo, me muero de ganas que me culees bien culeada! - ¡Quiero que me lo metas hasta el fondo y me llenes la chucha con tus moquitos! - ¡Mi amor estoy acabando!… Aaaahhh… - ¡Déjame que me recueste sobre tus piernas para que me tomes las tetas! ¡Así… amásalas… apriétalas! - Niñito… ya sabes como hacer gozar a una mujer
Después de descansar un rato me dijo:
- Mi amorcito te voy a hacer algo para que no te olvides de mí.
Se recostó sobre mis piernas y se acomodó debajo de la manta, tomó mi verga y empezó a besarla y chuparla con delicadeza. No aguanté mucho tiempo y un torrente de semen se derramó en su boca. Se enderezó y mirándome lascivamente empezó a tragárselo. Así continuamos hasta cerca de las tres de la mañana, con varios orgasmos de parte y parte. A esa hora se levantó y se fue al baño. Al volver noté que se había puesto los calzones. Me dijo:
- Ya me tengo que bajar. Gracias mi niño. Hacía tanto tiempo que no gozaba así.
El tren se detuvo jadeando en un ínfimo pueblo del desierto. Ella se asomó a la ventana y luego subieron un hombre de unos 60 años y una mujer de unos 30. La señora les dio un afectuoso saludo y me los presentó:
- Mi marido y mi hija - Este joven ha sido muy amable y atento conmigo - Gracias (Dijo el señor)
Los recién llegados tomaron la maleta y bultos y ella me dio un fortísimo apretón de manos y musitó ¡Adiós!
Nunca jamás la volví a ver. Probablemente ya no esté en este mundo. Pero sirva este relato como un agradecimiento a esa mujer, cuyo nombre ignoré, y que me hizo hacer cosas de hombre. Al mismo tiempo, insto a las mujeres maduras que tengan la oportunidad de iniciar a un joven, lo hagan sin remordimientos, porque todo hombre necesita de alguien que lo guíe por el buen camino del sexo.
Tía rellenita amante de los rabos negros follada por uno
Esta zorra rellenita estaba muy caliente, hará lo que sea necesario por sentir una polla en su coño y más si se trata de un enorme rabo moreno. Como a nosotros nos gusta tener contentas a nuestras putitas, buscamos justo lo que ella quería. En el vídeo podrán ver la cara de perra feliz mientras chupaba la polla de este moreno!
Amistad parte 1
Amistad parte 1
Este es el relato de algo maravilloso y morboso a partes iguales. La historia de una infidelidad donde se desconoce el inicio y donde no se sabe dónde ni cuándo acabará.
La historia empezó a gestarse poco a poco entre dos compañeros de trabajo. Como tantas otras historias, una buena relación laboral y personal les acercó en un momento y espacio determinados sin que ninguno de los dos lo buscara. Se caían bien. Incluso se gustaban. Pero ninguno de los dos pensó nunca que algo así podría pasarle a ninguno de ellos.
Culeando en la costa brava
Queridos amigos, este es un relato completamente verídico y que me sucedió el verano pasado cuando Juan, mi mejor amigo, me invitó un fin de semana al apartamento que tienen sus padres en la Costa Brava. Juan y yo estudiamos en la Universidad de Gerona y salimos juntos todos los fines de semana a ver si pescamos alguna chiquilla que otra a la que poder beneficiarnos. Ello sucede alguna vez que otra por lo que no nos podemos quejar.
A esta Latina sexy se le ve muy bien con una polla en la boca
Es una verdadera pena que esta Latina sexy fuera a la peluquería antes de la filmación ya que ella termino con la cara y el pelo cubiertos de leche pegajosa. A excepción de eso, la filmación fue todo un éxito. Se le vio esplendida con una polla enorme en su boca y se le vio aun mejor cuando le penetraban el coño.
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Mi vecino el cubano
Mi vecino el cubano
Hola. Me presento, me llamo Patricia, ahora tengo 37 años, aunque lo que os voy a contar sucedió hace unos 3 años. Estoy casada con Carlos, que tiene 6 años más que yo. Todo va bastante bien con él, aunque en el aspecto sexual, tampoco es que Carlos sea ninguna maravilla en la cama. Hacemos el amor, 2 o como mucho 3 veces a la semana, y tampoco es que dure mucho, con lo cual hay bastantes veces que me quedo a medias, con lo que son bastantes los días en los que tengo que arreglármelas yo solita masturbándome.
Vivimos en un barrio de trabajadores en las afueras, y como ya sabéis, poco a poco han ido viniendo trabajadores inmigrantes a vivir a estos sitios. En nuestro bloque pasó lo mismo y poco a poco fue llegando gente de África y Latinoamérica, sobre todo. Aunque hay que decir que por lo que parece, son gente trabajadora que para nada ha venido aquí a meterse en líos.
Un día, salía de casa para coger el ascensor, cuando se abrió la puerta que queda justo al lado de la nuestra, y salió una pareja de unos 45 años. Los dos eran negros, más bien mulatos y ella se nos presentó diciendo que eran los nuevos vecinos, que se habían trasladado desde otro barrio, que eran cubanos y que llevaban 6 años en nuestro país. La verdad es que parecía simpática y muy charlatana, no paraba de hablar. Mediría como 1.60, estaba rellenita y tenía unas tetas bastante grandes, que se le marcaban con el vestido que traía.
Él era también bajo, mediría 1.65, y tenía una barriga bastante importante. Parecía bastante descarado, y desde que me vio hasta que nos separamos ya en la calle, me di cuenta que no paraba de mirarme los pechos. La verdad es que aquel día iba marcando bastante. Mido 1.68, tengo el pelo castaño, aunque a veces me lo tiño de rubio, los ojos marrones, tengo 95 de pecho, y un culo normal, lo que pasa es que tengo poca cintura y parece que tengo un culazo y unas tetonas enormes. Tengo que reconocer que aquel tío me mirara de aquella forma, me gusto bastante, para que lo voy a negar.
Cuando nos acostamos esa noche, mi marido se quedó dormido enseguida. La verdad es que cuando se duerme, no se le despierta ni a cañonazos. Por eso, no se enteró de que de repente se empezaron a oír en la habitación de al lado unos jadeos y unos gemidos impresionantes. Era los nuevos vecinos que estaban follando, y por lo que parecía, la estaba metiendo una tralla increíble. Yo oía hasta los golpes de la cama contra la pared. Me estaba poniendo como una moto. El tío debía de ser buenísimo en la cama, porque a ella parecía que la estaban matando de placer. Así estuvieron por lo menos media hora, y yo me calenté de tal manera, que con mi marido durmiendo al lado, me metí el dedo hasta que yo también me corrí, aunque pensé que ni mucho menos como lo había hecho mi vecina.
Lo peor de todo es que estaban igual una noche tras otra, yo creo que en todo el mes solo pararon un día. Incluso un día a media mañana, que yo estaba limpiando la habitación, empecé a oír los gemidos de una manera bestial. Me tumbé en la cama deshecha y empecé a imaginar que era yo la que chillaba como una loca. Me subí la bata y me metí los dedos en mi coño empapado de jugos, y sólo veía a aquella mala bestia de vecino que me embestía una y otra vez. Notaba como la sábana estaba empapada de todo lo que salía de mi chocho y mis dedos resbalaban una y otra vez al tocar el clítoris.
Tenía las tetas duras como piedras y le pasé los dedos por los pezones, notando como se ponían más grandes. La vecina se estaba corriendo y chillaba con más fuerza, y justo cuando ella ya había acabado me vino un orgasmo brutal, y yo también pegué varios chillidos y me relajé en mi camita. De repente, pensé qué raro era que la vecina estuvieran en casa, porque sabía que trabajaba todo el día en un supermercado, mientras el vago de su marido se quedaba en casa, por eso cuando oí que la puerta de al lado se abría, me asomé a la mirilla y vi como el vecino salía de casa con una chica rubia, además parecía bastante joven, que evidentemente no era su mujer.
Pensé: “Que hijo de puta, le pone los cuernos a su mujer con otras, porque seguro que hay más tías. El caso es que tiene que follar como los dioses porque todas las que se acuestan con él vocean como si se fuera a acabar el mundo. Y a mí no me para de mirar, seguro que también me haría gritar de placer”. Y me decidí. Yo sería su próxima hembra. Seguro que si le provocaba un poco, no se aguantaría. Y al día siguiente, a media mañana también, cuando noté que estaba en casa, me puse un jersey fino ceñidito, sin sujetador, para que se marcaran bien los pezones, una falda larga, pero también muy ceñida, de las que marcan las formas del culo, y me presenté en su casa. Me abrió la puerta en camiseta y vaqueros, me echó un vistazo de arriba abajo, y me miró con una media sonrisa.
-Vaya vecina, que guapa está. Menos mal que me hace una visita. ¿Qué es lo que desea? -Pues resulta que nos han salido unas humedades en el techo de la habitación y venía a ver si a ustedes les pasa lo mismo. -Pues nada, pase usted y vemos esas humedades que usted tiene- Dijo mientras me miraba los pezones que con la excitación que ya tenía se iban endureciendo.
Me señaló donde estaba la habitación y me dejó pasar delante. Yo notaba mientras avanzaba por el pasillo como me devoraba el culo con los ojos, y casi podía sentirle tocarse la polla mientras iba detrás de mí. Me encantaba esa sensación. Cuando entramos en la habitación, dijo:
-Ya ve vecina, me parece que la única que tiene humedades aquí es usted, dijo en tono guasón. Y ya puestos, yo también tengo una queja que hacer al vecindario. Resulta que ayer por la mañana, mientras yo estaba aquí con una amiga charlando tranquilamente, me pareció que en su habitación se oían unos gemidos muy sospechosos.
El muy cabrón me había oído el día anterior cuando me corría.
-Y si de todos modos, tiene problema de humedades, tal vez con esta herramienta que tengo, pueda solucionarlo, ya que parece que su marido no puede.
Mientras decía esto, se desabrochó el vaquero, y se lo dejó caer junto con sus calzoncillos. Y de repente, apareció una polla de animal. Cuando yo era más joven, había tenido experiencias con chicos con pollas de más de 20 cms. y calculé que esta andaría por los 19 cms. más o menos. Pero lo que era espectacular era el grosor de su verga. Para que os hagáis una idea, más tarde lo comparé y mediría más o menos lo mismo, con una botella de estas pequeñas de gaseosa. No podía quitar los ojos de ella. Cuando me di cuenta, él estaba ya a mi lado, y mientras él me tocaba los pezones que se destacaban por encima de la tela del jersey yo me dejaba caer la falda, dejando el tanga a la vista
-Chúpemela, venga. Lo está deseando. -No, primero fóllame y hazme gritar como a esas putas con las que te acuestas. -Como usted quiera. Pero antes habrá que lubricar un poco ese coñito para que entre toda mi verga y tenerla a usted llena
Que me tratara de usted, no hacía sino calentarme más, parecía que me estaba respetando, cuando en realidad lo que hacía era tratarme como una guarra. Me tiró sobre la cama, abrió las piernas y empezó a pasar la lengua por mi coñito con muy poco vello, ya que me gusta llevarlo rasurado lo más que puedo. Cuando noté la lengua dentro de mi vagina, me agarré a las sábanas, que yo imaginaba llenas de semen de este hombre y flujos vaginales de varias chicas. A saber quienes habían pasado por allí antes que yo.
Levantó la cabeza y dijo:
-La verdad es que ya venía usted bastante caliente de casa me parece, ya está lista para recibir mi regalito.
Se agarró la polla por la base, me la restregó un poco por el coño, para que la cabeza se empapara, y me la fue metiendo poco a poco. Notaba como una gran cosa me hinchaba el coño, y me sentía flotar. Era increíble. Te llenaba tanto esa polla que tocaba sitios que antes nadie había tocado, por eso daba tanto placer. Tenía toda la vagina llena de polla. No había un solo sitio que no quedara lleno por ese miembro tan impresionante. Cuando notó que estaba toda dentro, empezó un lento vaivén. Ahí si que no aguanté más, y a cada embestida que él iba dando cada vez más deprisa, yo respondía con un gemido cada vez más intenso, hasta que me sorprendía a mi misma gritando como mi vecina, como la chica rubia, y como quién sabe tantas que habían probado ese instrumento.
Pensé que ojalá me oyeran otras vecinas y bajaran a probar esa verga gigantesca, pero luego pensé que no, que la quería sola para mí, disponible para cuando yo quisiera. El vecino mientras tanto, emitía ronquidos de placer, no me hacía ningún gesto cariñoso, sino que me follaba como quién recoge a una puta con el coche, y se la folla sin pensar nada más que en él mismo. No se preocupaba de si yo lo estaba pasando bien, o si quería probar esta postura o cual otra. Él sabía de sobra que estaba gozando como una perra y solo se ocupaba de su pollón.
Me corrí tres veces sin que él dejara de moverse. Cada vez que me corría, le arañaba la espalda, pero a él no parecía importarle. Poco a poco fue haciendo sus movimientos más rápidos y la cabeza de su polla empezó a crecer más, si es que eso es posible. Yo ya sabía lo que eso significaba, y me preparé para tener mi último orgasmo a la vez que él el suyo. La cabeza me daba vueltas, cuando sentía que su polla reventaba y su leche caliente me llenaba mi coñito, y se salía fuera y caía por mis piernas. Había bastante leche. Este tío, además de follar todos los días y seguro que varias veces, tenía los huevos bien cargados.
Se levantó de encima de mí, y yo me estiré sobre la cama, pero él va y me dice: -De descansar nada, señora. Ahora me la tiene que lamer.
Yo le miré la polla y vi que la tenía igual de dura como antes, y pensé que era como un animal. Y empecé a chupársela. Bueno, chupársela es un decir. Lo único que puede hacer fue meterme la cabeza en la boca y le iba haciendo una paja, porque no me cabía entera en la boca. A él no le estaba disgustando, porque solo hacía que estar con los ojos cerrados, emitiendo unos ronquidos de placer, cada vez que mi mano se movía sobre ese mástil. Y al final, cuando el muy cabrón notó que se iba a correr, me agarró con una mano la nuca, me metió la verga unos centímetros más en la boca y se acabó él la paja corriéndose en mi boca. Como la tenía llena y me tenía bien sujeta, no pude hacer nada y me tuve que tragar su leche de macho. Estaba supersalada, pero si hubiera sido de otro tío, me habría disgustado, pero después del polvo que me habían echado, pensé qué menos podía hacer por él.
Cuando se exprimió bien la polla en mi boca, se limpió la polla y el semen que le quedaba con mis bragas, me las tiró y me dijo que me las pusiera, que se tenía que ir a tomar unas cervezas con unos amigos. Y ahí me dejó. En su cama con la boca y las piernas abiertas, y pensando en cuando me volvería a follar.
Por supuesto, empezamos a hacerlo en cuanto podíamos. Pero eso y algunas otras cosas que hicimos os las diré en algún otro relato. Si queréis, podéis escribirme diciendo cualquier cosa, con relatos o vuestras fotos a mi correo.
Porfi…Si te gustó vota mi relato porfi…Patricia
Una tarde en el cine
Paseaba por la Gran Vía cerca de la Plaza de España, ella estaba paseando por allí mirando escaparates. Entré en una cafetería y ella entró también. La miré con detenimiento, tenía cierto aire de aburrimiento, distraída, sin saber que hacer. Nos miramos varias veces durante el tiempo que tardamos en tomarnos el café.
Dos tíos le llenan todos los agujeros a esta zorra viciosa
Con tan solo observar las curvas de esta tía comiezo a excitarme y mi polla se pone dura. Ella es todo una puta con un cuerpo de puta madre que parece estar diciendo “quiero follar”. Como un solo rabo no era suficiente para ella, trajimos a dos de nuestros mejores actores para que le llenaran el coño y el culo al mismo tiempo!
Continuar Viendo…
El diario íntimo de mi mujer
El diario íntimo de mi mujer
Mi esposa es una mujer bastante atractiva pese a sus 40 años y a los 3 hijos que tenemos. Es alta, delgada y tiene una figura bastante apetecible por lo que no es extraño que los hombres la miren cuando vamos por la calle, y especialmente en la playa. Isabel, siempre ha sido una mujer más bien seria, nunca le gustó llamar la atención y siempre mantenía un aura de timidez propia de una mujer casada.
En el sexo, Isabel era más bien pasiva. Aunque le fascinaba que le practique el sexo oral, nunca puso mucho énfasis en hacérmelo ella a mí ya que decía que no le llamaba la atención y en realidad no le gustaba el sabor del semen. A mi eso no me importaba mucho ya que nunca lo eché de menos por que a falta de ello, nunca desarrollé un gusto particular por ello.
Siempre vivimos una vida normal de pareja, los amigos, los hijos, las salidas a cenar y luego ocasionalmente un polvo que para nuestra edad estaba bastante bien, o eso pensaba yo. Un día, una amiga de la infancia de Isabel la llamó muy afligida. Su marido, le había pedido el divorcio prácticamente sin aviso previo y esto le había afectado muchísimo. Isabel se ofreció a irse a su pueblo a pasar unos días con ella para tratar de consolarla y ayudarla con sus hijos que eran aún pequeños. Como los nuestros son más bien mayores, yo accedí a que Isabel se fuera con su amiga sin pensarlo mucho, ya que no era la primera vez que mi mujer se iba por unos días a pasar fuera de casa.
Hace unos meses, Isabel tuvo que ingresar al hospital para ser operada de urgencia de cálculos en la vesícula. Al haber sido una operación no planificada, tuve que ser yo quien le llevara su bolsa de aseo al hospital por lo que me vi obligado a buscar entre sus cosas, cosa que normalmente no suelo hacer. Mientras buscaba en sus cajones, la suerte o la desgracia quisieron que encontrara su diario. Una libreta más o menos grande con muchas páginas escritas con su puño y letra y que abrieron para mí un conocimiento de ella el cual nunca hubiera imaginado ni en mis más íntimos sueños.
La historia que os voy a relatar sucedió mientras Isabel visitaba a su amiga, pero no es ni la primera ni la más erótica aventura de mi cándida mujer. Lo que sigue a continuación, es más una trascripción detallada de su diario, y empieza así. Llegué al pueblo temprano por la mañana de un día viernes. El día transcurrió sin mayor evento y fue más bien una oportunidad para que las dos renováramos los vínculos de amistad que compartíamos desde hace mucho. Por la noche, decidimos salir a cenar a un pueblo vecino para disfrutar de una noche veraniega y para que Antonia olvidara un poco lo que le había sucedido.
Llegamos al restaurante como a eso de las 9 de la noche. Había poca gente aún y nos acomodamos en una mesa ce parecían unos tíos majetes, aceptamos sin pensar que podría pasar nada. Una cosa llevó a otra y entre conversación y conversación nos dio la media noche. El ambiente del bar estaba poco animado y Pablo sugirió que fuéramos a otro bar a tomar algo, dijo que ahí aparte de tomar copas se bailaba música latina, que era una cosa que me gusta mucho.
Entre baile y baile, tocaron una canción suave y Pablo me pidió bailar. Aunque no acostumbro a bailar pegado con nadie más que con mi marido, no me pareció que había nada malo en hacerlo y acepté. Mientras bailábamos, Pablo posicionó su cuerpo de manera que su pierna quedó entre las mías, imagino para prevenir que su pene rozara con mis partes íntimas, pero eventualmente esto cambió y terminamos frente a frente rozándonos y sintiendo su pene erecto contra mi vagina El sentimiento que esto me producía es indescriptible.
Hacía mucho que no me excitaba mientras bailaba y sentía que mi vagina se humedecía más y más a medida que Pablo me rozaba con su pene. Cuando la canción terminó, nos sentamos y nos miramos como mudos testigos de lo que había pasado. Antonia y Juan habían salido a dar un paseo, por lo que Pablo aprovechó para pedirme que saliéramos también.
Cuando salimos me agarró de los hombros, me dio la vuelta y me besó apasionadamente. No pude resistirme, y le seguí el juego. Me pidió que fuéramos a su coche, y yo sin pensar accedí. Ya ahí, sentados en el asiento de atrás, nos besamos mientras él acariciaba mis pechos. Poco a poco descendió hasta mi vagina, me apartó las bragas y exploró con sus dedos mi vulva y el clítoris.
Empezó a acariciarme toda y yo sentí que estaba a punto de correrme. Sin pensar, bajé su cremallera, me agaché e introduje en mi boca su duro pene que parecía palpitar de excitación. Se la chupé hasta que explotó en mi boca, y sin pensármelo dejé que eyaculara en mí.
Me tragué hasta la última gota de su semen que tenía un sabor salado y dulce a la vez. Aunque sentía la urgencia de que me penetrara, no lo permití esa noche por no llevar protección y por no estar en el lugar indicado. Pero le di mi móvil y él prometió llamarme.
Me gustaría destacar que cuando mi mujer volvió de este viaje, me dio por primera vez la mejor mamada de mi vida. Tal fue mi sorpresa que al tratar de sacárselo de su boca antes de eyacular, no me lo permitió y me pidió que le permitiera tragárselo. Por supuesto, a ese punto yo no tenía conocimiento de las aventurillas de mi mujer. Mientras más leo el diario, más cosas empiezan a tener sentido. Prometo seguir compartiendo.
En la cabina de estética
Hace años que somos amantes y nuestra mayor prioridad en nuestras vidas, después de nuestros respectivos hijos, es cómo, cuándo y dónde conseguir ese momento mágico dónde escondidos del mundo y los cónyuges conseguimos gozarnos y regalarnos ese profundo amor que nos sentimos.
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